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Editorial: COP25 y Ciudadanía. Jordan Harris

 

La COP25 representa una oportunidad única para que, más allá de las negociaciones entre los países y para perfilar los avances de Chile en la materia, la ciudadanía chilena se profundice en su conocimiento sobre el cambio climático, un fenómeno que a todas luces implica un desafío muy importante para la población en su conjunto.

Al mismo tiempo, es una oportunidad para que la ciudadanía participe de manera directa en las principales líneas de acción de adaptación y mitigación, integrando dicho conocimiento a través de la acción ciudadana en su vida diaria, y tomando parte de las decisiones que guiarán el actuar del país en el marco de sus metas y compromisos nacionales e internacionales.

La COP25 para Chile es solo un momento; un momento en que representantes de todos los países del mundo arribarán a Chile para seguir las líneas de un diálogo entre las partes de la comunidad internacional, que ya llevará un cuarto siglo de desarrollo. Después de dos semanas, todos volverán a sus respectivos países de origen, y la población de Chile estará inmersa en la locura del fin de año, cerrando proyectos, preparando para las fiestas, entre el estrés, el calor y las festividades que caracterizan esa época del año.

¿Que quedará para Chile? Si la Agenda Ciudadana para la COP25 solamente se reduce a una serie de ferias educacionales y actividades puntuales, se habrá desperdiciado una tremenda e única oportunidad para hacer que la urgencia y dramática necesidad de cambiar la estructura económica, política, y socio-cultural del país y el planeta, permea la consciencia colectiva, y se instala permanentemente en la agenda y el discurso nacional como un tema prioritario de acción.

¿Como involucrar a la ciudadanía, para que más allá de una gran “fiesta” climática que convoca a través de la entretención, se logra una forma efectiva y continua de acción ciudadana? Asegurando primero que los programas que se instalan en el marco de la COP, sean consagrados como elementos de educación ciudadana y acción local, a través de las municipalidades y organizaciones locales de la sociedad civil. Dichas acciones deben ser canalizados, convocados, organizados e implementados a través de dichos actores locales, formando la base organizativa de un programa de acción local que continuará en el 2020 y más allá.

Segundo, la ciudadanía deberían llegar a entender a través de estas actividades, que tanto sus acciones, como las de sus líderes políticos y de las empresas que operan en Chile, deben responder a la orden de compromiso y ambición establecido por la ciencia: llegando a ser carbono neutral al 2050, y asegurando la seguridad hídrica, alimenticia, ecológica, económica, y protección contra los desastres que se requieren tanto en Chile como en el mundo. De esa manera, la ciudadanía no solo aprenderá a incorporar la acción en sus propias vidas, sino que también exigir un mayor estándar de acción por parte de las empresas y los políticos, quienes tengan una responsabilidad aún mayor para realizar los cambios necesarios.

Para asegurar el futuro, necesitamos una ciudadanía informada, activa, y participativa en las decisiones que se deben tomar para reformular al sistema económico, político y social, hacia uno que sirve más para resolver los problemas que para crearlos. Todos los líderes, desde los locales hacia los nacionales, deben responder a esta necesidad, y la ciudadanía tiene un papel clave en empujar a sus representantes a hacer lo necesario para lograrla. Esperemos que haya un antes y un después de la COP25 en Chile, donde el después marca un cambio definitivo en la conciencia nacional, y lleva a la acción en todos los niveles.

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